
Mientras gran parte de la economía se mide en cifras, productividad y empleo formal, una investigación del Observatorio de Mujeres y Equidad de Género de Santander (OMEGS) pone sobre la mesa una realidad que rara vez aparece en las estadísticas económicas: el trabajo de cuidado no remunerado sigue siendo el principal soporte de la vida cotidiana en el departamento y continúa recayendo, de manera desproporcionada, sobre las mujeres.
El Cuaderno Analítico No. 57, titulado “El tiempo que sostiene la vida: trabajo de cuidado no remunerado, territorios y autonomía de las mujeres en Santander”, evidencia que las santandereanas enfrentan jornadas de trabajo total significativamente más extensas que los hombres. Mientras ellos dedican en promedio 11,5 horas diarias al trabajo total, las mujeres alcanzan las 14 horas al día, debido principalmente a las labores domésticas y de cuidado no remunerado.
El informe revela que las mujeres dedican 8,1 horas diarias a estas tareas, frente a las 4,6 horas reportadas por los hombres. La diferencia, más allá de ser una brecha estadística, refleja una estructura social donde el cuidado sigue siendo entendido como una responsabilidad femenina.
Una desigualdad que atraviesa toda la vida
Uno de los hallazgos más contundentes del estudio es que esta carga no disminuye con la edad. Por el contrario, las responsabilidades de cuidado permanecen incluso en la vejez. El documento señala que el 100 % de las mujeres entre los 70 y 79 años reportan el cuidado como su actividad principal.
Para el Observatorio, esto demuestra que las desigualdades de género atraviesan todo el ciclo de vida y limitan la autonomía económica, el tiempo libre y las posibilidades de descanso de las mujeres.
“El trabajo de cuidado no remunerado continúa siendo una responsabilidad asignada de manera profundamente desigual entre mujeres y hombres”, concluye el informe.
La investigación también advierte que esta sobrecarga genera lo que denomina “pobreza de tiempo”: mujeres cuya rutina diaria se consume entre el cuidado de hijos, adultos mayores, tareas domésticas y trabajo remunerado, sin espacios suficientes para el descanso, la formación o el desarrollo personal.

El territorio también profundiza la brecha
Los resultados muestran que la desigualdad del cuidado no se vive igual en todo Santander. Las mayores cargas se concentran en las provincias Comunera, Soto Norte y Guanentá, territorios donde las mujeres dedican hasta 11,8 horas diarias al cuidado no remunerado.
En las zonas rurales, el estudio identifica una “triple jornada”: trabajo doméstico, labores productivas en el campo y participación comunitaria. Además, la falta de servicios básicos e infraestructura incrementa el tiempo destinado a tareas cotidianas como conseguir agua, lavar ropa o desplazarse.
En los contextos urbanos, por su parte, las cuidadoras enfrentan aislamiento y agotamiento derivados de la ausencia de redes de apoyo y servicios de relevo.
El informe sostiene que estas dinámicas evidencian cómo las desigualdades de género se entrecruzan con desigualdades territoriales y económicas.
El cuidado como problema político
Más allá de las cifras, el documento plantea una reflexión de fondo: el cuidado no puede seguir viéndose como un asunto privado o como una “vocación natural” de las mujeres.
Según el análisis, las narrativas sociales e institucionales han normalizado el sacrificio femenino, trasladando a las mujeres la responsabilidad individual de administrar mejor su tiempo, en lugar de reconocer la necesidad de políticas públicas que redistribuyan las cargas de cuidado.
“El agotamiento de las cuidadoras suele interpretarse como un problema de organización personal y no como una consecuencia de la ausencia de sistemas públicos de cuidado”, advierte el texto.
En contraste, el estudio destaca las formas de resistencia y organización comunitaria que han surgido en distintas regiones del departamento. Las mingas, redes de solidaridad y colectivos de mujeres aparecen como mecanismos para compartir responsabilidades, defender el territorio y visibilizar el cuidado como un asunto político y colectivo.

Hacia un sistema de corresponsabilidad
El Observatorio plantea que Santander necesita avanzar hacia un modelo de corresponsabilidad en el que Estado, comunidades, sector privado y hombres compartan las tareas de cuidado.
Entre las recomendaciones del informe se encuentran fortalecer redes comunitarias, crear programas de relevo y acompañamiento, promover servicios flexibles de cuidado, incorporar apoyo emocional para cuidadoras y desarrollar campañas que transformen los estereotipos de género.
El documento también propone que el Plan de Igualdad de Oportunidades (PIO) 2020-2029 reconozca el cuidado como un derecho y como un eje central de la planificación regional.
Las conclusiones son contundentes: el cuidado sostiene la economía y la vida cotidiana de Santander, pero hoy funciona sobre una estructura marcada por la desigualdad. El reto, señala el informe, es convertir ese trabajo históricamente invisible en una responsabilidad colectiva y socialmente reconocida.