

De Piedecuesta a Gatineau, Quebec, el arte de John Ramírez cruzó fronteras. En 2026, el artista plástico colombiano representó al país en el 4.º Festival Internacional HOLA 2026, realizado por Heritage Colombien en Gatineau, Quebec, Canadá, una experiencia que, además de convertirse en su primer festival como muralista, le permitió posteriormente integrar el circuito de arte urbano de la Ville de Gatineau, junto a once artistas canadienses.
Para Ramírez, esta participación internacional representa el resultado de cerca de una década de trabajo y de una apuesta constante por consolidar una identidad propia dentro de las artes plásticas. Nacido en Bucaramanga y criado en Piedecuesta, es Maestro en Artes Plásticas de la Universidad Industrial de Santander (UIS) y ha desarrollado su trayectoria principalmente entre la pintura, el muralismo y la creación de contenidos audiovisuales alrededor de sus obras.
Su acercamiento al muralismo comenzó en 2017, cuando cursaba sus estudios universitarios. A través de una convocatoria denominada Teatro Verde descubrió que pintar murales también podía convertirse en una forma de trabajo vinculada con su formación artística. Desde entonces, encontró en el gran formato un espacio para acercar el arte a públicos que no necesariamente frecuentan galerías o museos.
“Me gustó mucho el muralismo porque es un arte que está al alcance de todo el público”, explica el artista, quien también encontró en las calles el reto de trabajar a gran escala y enfrentarse a condiciones como el clima y las particularidades de cada espacio.

Una invitación que nació en La Tatacoa
La llegada de Ramírez al festival canadiense tuvo un componente particular: la invitación surgió a partir de su trabajo en redes sociales. El artista había creado “Viajando a Todo Color”, un proyecto con el que decidió ir más allá de mostrar el resultado final de sus murales y comenzó a contar las historias, los territorios y las experiencias que rodean cada obra.
Mientras pintaba un mural inspirado en la paleontología en el desierto de La Tatacoa, en Huila, realizó un registro audiovisual de todo el proceso y posteriormente publicó el contenido. Ese video permitió que los organizadores conocieran su trabajo y, al interesarse por su propuesta, decidieran invitarlo al festival.
“Yo tengo un proyecto que se llama “Viajando a Todo Color”, que nació porque sentía que estaba un poco cansado de pintar de una manera tan comercial y había una parte de mí que quería hacer algo diferente. Como constantemente tengo la oportunidad de viajar y pintar en diferentes lugares, quise aprovechar esos viajes para ir más allá de simplemente mostrar una foto de lo que había pintado, sino también contar qué hay detrás de cada obra y plasmar un poco la identidad de cada lugar”, afirma Ramírez.
Para el artista, esta oportunidad confirmó el potencial de combinar la pintura con la creación de contenidos para contar historias y mostrar la diversidad de los territorios colombianos.

Una Catrina para hablar de identidad y diversidad
Durante el Festival Internacional HOLA 2026, Ramírez pintó una Catrina, una elección que, aunque puede asociarse inmediatamente con México, estuvo inspirada en el significado original de la Calavera Garbancera de José Guadalupe Posada.
La obra retomó la dimensión de crítica social de esta figura, relacionada con quienes renegaban de sus orígenes para aparentar pertenecer a una clase social superior. En la interpretación del artista, el mensaje central es que todas las personas son iguales frente a la muerte, sin importar su origen, posición o clase social.
Llevar este concepto a Canadá adquirió para Ramírez un significado especial, debido al carácter multicultural de ese país y al papel que tiene la inmigración en su identidad. Tanto este mural como el que posteriormente realizó para la Ville de Gatineau incorporaron la bandera de Colombia como una forma de mantener presente su país de origen en las obras realizadas en el exterior.
En el mural realizado para la ciudad canadiense, el artista profundizó en el encuentro entre ambas culturas. Incorporó un cóndor de los Andes, símbolo de libertad y soberanía para Colombia; una planta de café cuyas hojas se mezclan con hojas de arce, y un alce, relacionado con la fauna canadiense.
La mezcla de hojas de café y de arce representa, según Ramírez, a quienes crecen entre diferentes culturas y terminan construyendo una identidad propia a partir de ellas. El resultado fue una obra concebida como un diálogo entre Colombia y Canadá: conservar las raíces, reconocer otras culturas y crear algo nuevo a partir de ese encuentro.
“Para mí significa una satisfacción muy grande poder llevar el nombre de Santander a otros países. Estar en escenarios internacionales representando no solamente mi trabajo, sino también de dónde vengo y dónde me formé, tiene un significado bastante especial”, afirma con gran orgullo.

El arte como idioma universal
Uno de los aprendizajes que más recuerda de su experiencia en Canadá fue comprobar que el arte puede convertirse en un lenguaje capaz de superar las diferencias culturales y lingüísticas.
Durante el festival, Ramírez se encontró con personas que inicialmente se comunicaban con él en francés y luego en inglés al notar que no comprendía el primer idioma. Aun con las dificultades para comunicarse verbalmente, encontró en el arte un punto de conexión.
También destacó la acogida que tuvo la cultura colombiana en un festival principalmente latino. Las presentaciones de danzas folclóricas colombianas despertaron el interés de los asistentes canadienses, quienes participaron y disfrutaron de las actividades.
Santander también viajó en sus murales
Para Ramírez, representar a Colombia en Canadá también significó llevar consigo el nombre de Santander. Su orgullo por la región se refleja en una idea que considera fundamental: demostrar que desde este territorio también es posible llegar a escenarios internacionales a través del arte.
“Como artista santandereano, tener la oportunidad de pintar internacionalmente representa llevar el nombre de nuestra región a otros lugares”, señala. Además, espera que su experiencia contribuya a visibilizar a otros artistas de Santander, una región que, considera, cuenta con talento suficiente para representar al país en escenarios internacionales.
Aunque reconoce que no siempre es posible incorporar elementos explícitamente colombianos o santandereanos en sus composiciones debido al contexto de cada obra, hay un elemento que procura mantener: los colores o la bandera de Colombia. Para él, es una manera de llevar “un pedacito de Colombia” cada vez que pinta fuera del país.
Diez años de disciplina detrás del reconocimiento
El reconocimiento internacional tiene detrás una historia marcada por el esfuerzo. Cuando comenzó su formación profesional en 2017, uno de sus principales desafíos fue económico. Para pagar sus estudios tuvo que trabajar mientras cursaba la carrera, al tiempo que construía su trayectoria como artista.
La formación en Artes Plásticas de la UIS, asegura, no determinó directamente el estilo gráfico que hoy caracteriza su trabajo, pero sí le permitió desarrollar una disciplina que considera fundamental. Durante cinco años combinó el trabajo como muralista con sus responsabilidades académicas, investigando, leyendo sobre historia del arte y desarrollando proyectos universitarios.
A esta dificultad se sumó, en sus primeros años, la falta de equipos para registrar y divulgar su trabajo. Con el tiempo, pudo adquirir las herramientas necesarias para fortalecer esa faceta digital que desde el comienzo consideró una ventana para dar a conocer su obra.
Hoy, esa combinación entre pintura, muralismo, registro audiovisual y redes sociales forma parte de una estrategia que le permitió llegar a nuevos públicos y, finalmente, a un escenario internacional.
Lo que sigue
Después de su participación en Canadá y de la invitación para integrar el circuito de arte urbano de Gatineau, Ramírez mantiene la mirada puesta en nuevos territorios y proyectos. Su propósito es continuar evolucionando el lenguaje gráfico que ha construido durante años y fortalecer el concepto de su obra.
“Soy de los que piensa que uno siempre tiene que soñar y colocarse metas a corto, mediano y largo plazo. Entonces, claro que sí, está en la mesa visitar otros territorios. Espero que se dé y, si no, pues seguir pintando, que ha sido la única estrategia que he tenido”, asevera Ramírez.
También espera concretar antes de finalizar 2026 un proyecto personal que lleva varios años imaginando, aunque prefiere mantenerlo en reserva hasta que pueda hacerse realidad.
Su historia, que comenzó entre Bucaramanga y Piedecuesta, y se consolidó con años de trabajo, disciplina y perseverancia, encuentra ahora un nuevo escenario fuera de Colombia. En las paredes de Canadá quedaron no solo sus trazos, sino también símbolos de un país que, a través de su obra, sigue viajando con él.