
Cuando volteamos a mirar sobre nuestra espalda, de cara a lo vivido, y una sonrisa de satisfacción no pueda ocultarse; sabremos con certeza que las metas se alcanzaron, los sueños se concretaron y una historia tejida en el tiempo con la aguja crochet de la experticia, el conocimiento y sobre todo de la pasión, se hizo posible.
Así se puede resumir lo que ha sido la larga historia de María Eugenia Rodríguez o «la monita», como le dicen sus allegados y amigos. Una mujer que ha hecho todo lo que ha querido a lo largo de más de siete décadas vividas con intensidad y rebeldía, dos adjetivos claros cuando se conoce la historia de su quehacer académico y personal, allende a toda oposición y a todo canon social.
Siendo estudiante del afamado colegio de la Santísima Trinidad, que en nuestra ciudad conocemos como Las Pachas, fue expulsada y reintegrada en dos oportunidades, teniendo en cuenta dos razones poderosas para que cada situación estuviera más que justificada.

Cuando en la balanza se ponía de un lado a la muchachita inquieta e indisciplinada que un día se coló a las cocinas del colegio y entre los bolsillos de su uniforme se llevó una buena dosis de pastel, escondiéndose para escapar de la severa presencia de la madre Pulqueria en la habitación del conductor del colegio, lo que le valió la expulsión de la muchachita y de paso, la pérdida del trabajo para el inocente personaje que para desgracia, se encontraba descansando en su cama en ese preciso momento y en el otro plato de la balanza, el hecho de que fuera una de las mejores estudiantes del colegio, razón suficiente para volverle a abrir las puertas del colegio, pero obviamente, con la matrícula condicional de por medio.
Al terminar su bachillerato en 1962, la primera intención era el poder estudiar periodismo, una profesión que ha llevado en el alma desde muy niña y que a lo largo del tiempo se ha hecho realidad. Actualmente es fundadora y directora de cinco periódicos institucionales, entre ellos el Boletín de ASEDUIS en 1980, además de haber sido columnista de Vanguardia por más de diez años y asistido a la investigadora y periodista Silvia Galvis en la investigación de uno de sus libros: Yo, El Supremo, sobre la cara oscura del gobierno de Gustavo Rojas Pinilla.
Tenía que ser bacterióloga
Es importante subrayar que al momento de escoger una carrera profesional para el caso de una mujer, debía sortear no solo su condición de género, sino vencer muchos de los estereotipos sociales, que aún para esa época predominaban sobre el hecho de la profesionalización de las mujeres, hasta entonces signadas a la misión de casarse y velar por el bienestar de su esposo e hijos.
Dos hechos serían definitivos al momento de tomar una decisión al respecto, ambos apuntándole en la dirección de la opción tomada. El primero de carácter familiar, si se tiene en cuenta que para la época, por el lado materno sus tíos eran propietarios de los afamados Laboratorios Gómez Vesga, los pioneros y más reconocidos de la capital de la república.
De otra parte, en nuestra ciudad era todo un boom la irrupción de la Universidad Femenina de Santander, con sus programas de Bacteriología, Nutrición y Dietética, Fisioterapia y Delineantes de Arquitectura, lo que inclinó la balanza definitiva en favor de esta área del conocimiento.
Ya estando cursando la carrera de Bacteriología, la Universidad Femenina de Santander se integra a la Universidad Industrial de Santander (UIS) con cada uno de sus programas y estudiantes, lo que le permitió que en 1969, nuestra protagonista obtuviera el título de Laboratorista Clínico, actualmente el programa de Microbiología y Bioanálisis.
Siendo aún estudiante, y en virtud a un vínculo de relacionamiento social y familiar, logró vincularse como practicante en la Unidad de Control de Enfermedades Venéreas del Distrito de Salud del Municipio, donde la permanente relación con las mujeres dedicadas al trabajo sexual, reveló en ella un sentido social y humano, que a su decir, sigue siendo el mayor de sus escudos espirituales.



La veterinaria se asoma
Ya profesional, por poco y su camino toma un rumbo distinto al vincularse al Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), donde se requerían los servicios de una profesional bacterióloga que estuviera en capacidad de montar un laboratorio clínico en el que se pudieran estudiar algunas tipologías animales como la brucelosis y otras enfermedades bacterianas.
Este requerimiento vino acompañado de exigidos estudios de especialización en zootécnia financiado por la entidad rectora del campo agropecuario. Terminado estos estudios, fue asignada como directora del centro de especialización en enfermedades animales del ICA Santander, labor que desarrollaría por cerca de un año, cuando fue llamada por la alcaldía municipal para que realizara el montaje del Centro de Zoonosis, dada la creciente amenaza de perros y gatos afectados por el virus de la rabia.
Paralelamente con este trabajo regresa a la UIS en calidad de profesora externa del programa de Bacteriología en las áreas de Bromatología y posteriormente, en el área de Laboratorio Clínico del programa Materno Infantil de la escuela de Medicina.


En este periodo se vincula a la Asociación de Estudiantes Universitarios (Audesa), donde fue una de las líderes del nacimiento de los comedores estudiantiles y a través del cual se acercó a lo que podría llamarse la Primera Línea de la época, un caso muy curioso para una profesora, además de ser reconocida socia del Club Campestre, destacada jugadora de tenis y de bolos y una de las pocas mujeres que se veían conduciendo un vehículo último modelo.
Es difícil prever qué vueltas dará la vida y qué destino marque la carta de navegación, a pesar de que para el momento, como augura el dicho popular, aparecerán señales: rebeldía, sensibilidad social, disciplina, una alta correspondencia académica y mucha inquietud intelectual.
Lo cierto es que un día cualquiera recibe una invitación para realizar estudios de maestría en Rusia, un país lejano, desconocido para ella, señalado de factores políticamente condicionantes para la época, pero un reto que a María Eugenia le prendía el bombillito de su total interés.

Rusia un norte a seguir
Sin pensarlo dos veces y con una espada de Damocles sobre su cuello, pues para el momento se encontraba en promesa de matrimonio con un joven profesional de la ciudad, llegó la hora de tomar una decisión, dado que su novio fue enfático: nuestro amor o tus estudios.
Sin duda, a esta hora de la narración sabemos que primó lo segundo y así, a sus 24 años, estaba embarcada en un vuelo con destino a los helados universos de Moscú, donde iniciaría la primera parte de sus estudios bases tanto de su área académica, como del idioma.
Una adaptación que no resultaría sencilla, habida cuenta que desde las condiciones culturales en el uso por ejemplo de las duchas y los servicios sanitarios, el compartir habitación con estudiantes de otros países con las que debía entenderse casi que a señas y muchas anécdotas, como el inolvidable momento en que desplazándose en el autobús hacia la universidad, se sube como un ciudadano del común más, el mismísimo presidente de la Unión Soviética Leonid Brézhnev y toma asiento justo a su lado.
Vencido el primer año en el país, comienza formalmente sus estudios en el posgrado en la Universidad de Tawkhent en la región de Ubekistán, donde tras dos años de estudio de Especialización en Técnicas Pediátricas en Recién Nacidos, que para efectos nominales aparece registrado en Colombia como Especialista en Microbiología Pediátrica.

Regreso a casa
Con un título que en sus comienzos no era regularmente una referencia puntual a un ejercicio profesional aplicable en Colombia, donde la medicina prenatal no pasaba de ser un concepto, para María Eugenia revistió tener que adaptarse en áreas no relacionadas, integrándose como directora de la Unidad Materno Infantil a cargo del Programa Kellogg, alternando su labor especializada en el área de Salud Pública, donde dirigió estudios de contagios virales en la cárcel de Pamplona y Paludismo en Barrancabermeja.
A partir de 1984 se traslada a Bogotá, donde se vincula a la Caja de Compensación Familiar COMPENSAR, donde nuevamente tiene como función principal abrir el laboratorio médico, ejerciendo su carrera profesional hasta alcanzar su jubilación, no sin antes hacer realidad sueños aplazados, acompañando en sus investigaciones a la periodista Silvia Galvis Ramírez y al tiempo, iniciando una especialización en Gerontología.
Desde hace 25 años María Eugenia atiende personalmente un proyecto al que el sentimiento, la correspondencia social y la lectura profunda de textos relacionados con el bienestar, la armonía, los astros y la salud, convierten sus horas y su espacio. Luz Aroma Caminantes Espirituales, un espacio mágico cargado de buenas energías, donde su clientela recurrente puede hacerse inciensos ceremoniales, cuencos tibetanos y budistas, perfumes, aromatizantes, cartas del tarot y velas.
«Vinimos a este mundo a vivir, pero vivir implica prepararnos para trasegar universos próximos desde lo físico y profundos desde lo espiritual. Hoy somos, mañana seremos…», concluye esta mujer que manifiesta llevar a la UIS en el alma, sin perder el norte que fue allí donde se formó profesionalmente, pero por sobre todo, aprendió el verdadero sentido de ser una mujer libre.