
¿Sabía que en Santander 2 de cada 10 hogares liderados por mujeres están en déficit habitacional, es decir, viven con deficiencias como hacinamiento, privación de servicios públicos y saneamiento básico?
A pesar de los avances normativos y sociales, las desigualdades de género continúan marcando la estructura social y económica del país. Las mujeres siguen enfrentando mayores barreras para acceder a empleos formales, salarios equitativos y oportunidades de desarrollo profesional, lo que se traduce en una mayor vulnerabilidad frente a la pobreza.
Así lo ratificó el informe ‘Vulnerabilidad y pobreza de las mujeres en Santander: un análisis enfocado en habitabilidad, bienestar y educación’, del Observatorio de Mujeres y Equidad de Género de Santander, OMEGS, de la Universidad Industrial de Santander en alianza con la Gobernación de Santander.
En Santander, la carga del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado continúa recayendo principalmente sobre las mujeres. De acuerdo con el OMEGS, ellas dedican en promedio 8,1 horas diarias a estas labores, frente a 4,6 horas en el caso de los hombres. Esta diferencia de 3,5 horas representa tiempo que las mujeres no pueden destinar al descanso, a la educación o al trabajo remunerado.

Además, el 34% de las mujeres asume estas tareas porque no hay otra persona disponible para realizarlas, y el 23,8% dedica la mayor parte de su tiempo al cuidado de otros. Esta situación restringe su participación en el mercado laboral y limita sus posibilidades de generar ingresos de manera competitiva, incrementando el riesgo de caer en condiciones de pobreza.
Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el DANE (2023), las mujeres ocupadas en Colombia ganan, en promedio, menos que los hombres ocupados. Esto se debe a factores como la segregación horizontal, que describe la concentración de la fuerza laboral de mujeres en industrias y sectores generalmente asociados al cuidado y con menor remuneración salarial; y los techos de cristal, que son las barreras que dificultan a las mujeres el acceso a cargos de alta dirección, incluso en sectores donde su participación es significativa.
Claudia Goldin, galardonada con el Premio Nobel de Economía en 2023, sostiene que la principal razón de la brecha de género en los ingresos es la necesidad de las mujeres de equilibrar el trabajo remunerado con la vida familiar.

Ellas frente a los hogares
Según la Encuesta de Calidad de Vida (ECV) 2023 del DANE, el 44,4% de los hogares en Santander son liderados por mujeres, frente al 55,6% que son encabezados por hombres. Este fenómeno refleja un cambio en la estructura tradicional de los hogares en la región, donde la figura femenina asume un papel protagónico en la toma de decisiones y en el sustento del núcleo familiar.
Aunque no todas las viviendas lideradas por mujeres son pobres, el informe del Observatorio precisa que la jefatura femenina en los hogares se utiliza como un indicador de la feminización de la pobreza.
Según la investigación, entre los factores que explican esta vulnerabilidad económica se encuentran la brecha salarial de género, dado que, en promedio, las mujeres reciben ingresos más bajos que los hombres; mayor carga de trabajo no remunerado, pues deben combinar el empleo formal con las responsabilidades domésticas y de cuidado; y el acceso limitado a oportunidades laborales, debido a las barreras estructurales que restringen su ingreso a empleos formales y bien remunerados.
Asimismo, influyen otros aspectos como la alta incidencia de hogares monoparentales, que implica depender de una sola fuente de ingreso; la falta de acceso a servicios financieros, ya que enfrentan dificultades para obtener créditos; la segregación ocupacional, dado que las mujeres suelen concentrarse en sectores laborales precarios, informales o menos valorados económicamente; y los impactos de la violencia de género, que limitan sus posibilidades de desarrollo económico.

Los ingresos y los gastos
Las desigualdades de género siguen enfrentando desafíos económicos. De acuerdo con el informe del OMEGS, el 35,6% de los hogares con jefatura femenina considera que sus ingresos no alcanzan para cubrir los gastos mínimos, mientras que en los hogares con jefatura masculina esta percepción desciende al 29,1%.
A esto se suma que solo el 5,2% de los hogares encabezados por mujeres logra cubrir más que los gastos básicos, frente al 9,5% de los hogares con jefatura masculina, lo que reafirma las dificultades de las mujeres para acceder a ingresos suficientes y sostenibles.
“Esta disparidad sugiere que las mujeres jefas de hogar enfrentan mayores dificultades económicas, probablemente derivadas de factores como la brecha salarial, el acceso limitado a empleos bien remunerados, y la carga adicional de trabajo no remunerado”, revela el informe Vulnerabilidad y pobreza de las mujeres en Santander: un análisis enfocado en habitabilidad, bienestar y educación.
De otra parte, el 49 % de los hogares liderados por mujeres se considera pobre frente a un 51 % que no se identifica como tal. En contraste, en los hogares con jefatura masculina, el 46,9 % se considera pobre y el 53,1 % no comparte esa percepción.
Ana Carolina Henao Vargas en su estudio ‘De la violencia económica a la feminización de la pobreza: impactos materiales, psicosociales y simbólicos en la vida de las mujeres’, afirma que: “la percepción de pobreza en los hogares con jefatura femenina resalta una condición estructural de vulnerabilidad que no solo afecta el bienestar económico de las mujeres, sino que también incrementa los riesgos de violencia de género”.
Según el análisis del informe del Observatorio liderado por la UIS, “la pobreza en los hogares encabezados por mujeres no solo implica limitaciones económicas, sino que también restringe sus posibilidades de alcanzar la independencia financiera. Esta precariedad las hace más vulnerables a relaciones de dependencia y control por parte de sus parejas o familiares”.
A pesar de este panorama, el informe del OMEGS señala que se ha identificado que las mujeres jóvenes, entre los 17 y 21 años, presentan niveles educativos más altos en comparación con las mujeres adultas, mayores de 22 años, lo que genera impactos diferenciados en el ámbito laboral.