
René Álvarez Orozco
Coordinador Maestría en Derechos Humanos UIS
En las últimas décadas, Estados Unidos se ha convertido en destino de flujos migratorios cada vez más complejos y heterogéneos. A su territorio arriban personas provenientes de América Latina, el Caribe, África y Asia, impulsadas por crisis económicas estructurales, conflictos armados, violencia generalizada, persecuciones políticas y desastres ambientales. Familias enteras recorren rutas peligrosas con la expectativa de encontrar protección y oportunidades que sus países de origen no les ofrecen. Esta movilidad humana no es un fenómeno aislado ni coyuntural, sino la expresión de profundas desigualdades globales y de una interdependencia internacional que, paradójicamente, facilita la circulación de capitales y mercancías mientras restringe la de personas vulnerables. En este contexto, la frontera se convierte en un espacio de tensión donde confluyen aspiraciones legítimas de protección con políticas estatales cada vez más restrictivas.
Desde una perspectiva de derechos humanos, la migración no elimina la condición jurídica fundamental de quien se desplaza. Los Estados, en virtud de los tratados internacionales que han suscrito y de los principios consuetudinarios del derecho internacional, tienen la obligación de respetar, proteger y garantizar los derechos de todas las personas bajo su jurisdicción, independientemente de su estatus migratorio, según consta en la Guía sobre el Derecho Internacional de los Refugiados del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, ACNUR, de 2001.
Por su parte, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, ACNUDH, menciona que, dentro de los principios y directrices recomendados sobre los derechos humanos en las fronteras internacionales, este deber implica asegurar el acceso a procedimientos justos de asilo, evitar detenciones arbitrarias, garantizar condiciones dignas de alojamiento y prevenir actos de discriminación y xenofobia. La propia normativa internacional, impulsada por instancias como la ONU, ha reiterado que la dignidad humana es inherente y no depende de la nacionalidad ni de la documentación. Cuando los Estados adoptan políticas de control que desconocen estos estándares, no solo vulneran derechos individuales, sino que también afectan el marco ético que sustenta el orden internacional contemporáneo.

Actualmente, la situación humanitaria de muchos migrantes en las calles de ciudades fronterizas y en grandes urbes estadounidenses evidencia profundas fallas estructurales. Personas recién llegadas, que no cuentan con redes de apoyo ni recursos económicos, mendigan en espacios públicos, enfrentan condiciones climáticas adversas y dependen de organizaciones solidarias para satisfacer necesidades básicas. A ello se suma el constante asedio de operativos ejecutados por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), cuyos procedimientos, en numerosos casos documentados por organizaciones no gubernamentales, se traducen en persecuciones, detenciones sorpresivas, allanamientos sin orden judicial y separación de familias, en las que también se han visto involucrados no inmigrantes. A lo anterior se suma con preocupación, las acusaciones de asesinato de 2 ciudadanos estadounidenses el pasado enero en Minneapolis, Minnesota, durante una redada y en medio de manifestaciones.
Aunque el gobierno federal no lleva un registro de cuántos ciudadanos estadounidenses han sido detenidos por ICE, un informe independiente revela que durante los primeros nueve meses de la actual administración Trump, más de 170 ciudadanos estadounidenses fueron detenidos involuntariamente durante redadas o protestas migratorias. La preocupación por el aumento de las detenciones ilegales de ciudadanos estadounidenses, motivó al senador Richard Blumenthal y al representante Robert García a iniciar una investigación contra el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés), al cual se encuentra adscrito el ICE como la principal agencia de aplicación de la ley. El informe de Blumenthal recoge gran cantidad de testimonios de ciudadanos afectados en los que ICE ha estado actuando sin causa, basando las detenciones en el color de piel de las personas, el idioma o el lugar de trabajo.
Ahora bien, cuando las personas son conducidas a centros de detención migratoria, su situación se hace aún más difícil. Diversos informes académicos y testimonios recogidos en estos lugares describen hacinamiento, acceso limitado a asesoría jurídica y barreras lingüísticas que obstaculizan la comprensión de los procesos. La detención, que en el marco del derecho internacional debería ser excepcional y proporcional, se convierte en una práctica generalizada. Para quienes huyen de entornos de violencia, el encierro prolongado puede reactivar y profundizar traumas y afectaciones psicológicas. Además, la amenaza inminente de deportación, muchas veces sin una evaluación exhaustiva de las necesidades de protección internacional, coloca a estas personas en riesgo de sufrir daños irreparables al retornar a sus países de origen.

Ante este panorama, resulta imperativo replantear las respuestas institucionales desde un enfoque centrado en la dignidad humana. Las soluciones no pueden limitarse al endurecimiento de controles ni a la expansión de la infraestructura de detención. Es necesario fortalecer vías legales y seguras de migración, robustecer los sistemas de asilo, invertir en programas de integración comunitaria y promover narrativas públicas que reconozcan el aporte histórico y cultural de quienes llegan.
Estados Unidos ha sido configurado, en buena medida, por sucesivas olas migratorias que enriquecieron su tejido social, económico y científico. Recordar que se trata de una nación forjada por inmigrantes implica asumir una responsabilidad ética y política coherente con esa memoria histórica. Garantizar derechos no es un acto de concesión, sino el cumplimiento de obligaciones jurídicas y el reconocimiento de una humanidad compartida que trasciende fronteras.