
En el pentagrama de su vida, David Caicedo Galvis ha sabido convertir cada nota en una historia de sanación, cada silencio en un espacio de encuentro y cada acorde en un acto de resistencia emocional. Licenciado en Música de la Universidad Industrial de Santander (UIS) y magíster en Musicoterapia de la Universidad Nacional de Colombia, hoy dirige su propia sinfonía de transformación desde “Aguanta la Música”, un proyecto que nació, como muchas grandes canciones, entre viajes y una necesidad profunda de conectar.
David se define como alguien curioso, inquieto y apasionado por crear. “Me inspira la idea de construir un sistema dentro de mi empresa que lleve propuestas impactantes a muchos lugares del mundo”, dice. No habla de fama ni de escenarios, sino de frecuencias humanas: esas que vibran cuando el arte toca lo más profundo del ser.
Su paso por la UIS fue el primer movimiento de esa gran composición, dice. Allí aprendió disciplina, constancia y, sobre todo, comunidad. “Mi maestro Robinson Giraldo Villegas me transmitió la proactividad y el compromiso diario. Participar en las agrupaciones que él dirigía fue vital para mí”, recuerda. Aquellas madrugadas en la Escuela de Artes y Música, donde los ensayos comenzaban antes del amanecer y se extendían hasta la noche, templaron su oído y su carácter.


El nombre de su proyecto no es casualidad. Surgió durante una escala en Panamá, después de un proceso de musicoterapia comunitaria entre Colombia y Barcelona, cuando escuchó a los participantes decir una y otra vez: “la música aguanta”. Esa frase se convirtió en bandera. “Aguanta la Música busca generar espacios para quienes deseen crecer, conectar y crear en un mundo cada vez más automatizado y aislado”, explica. Desde talleres empresariales centrados en el bienestar organizacional hasta sesiones terapéuticas individuales, David ha hecho de la música un lenguaje universal de sanación.
En 2025, su batuta sonó más allá de las fronteras: fue tallerista invitado al World Art Therapy Festival en Praga (República Checa), donde presentó una propuesta inédita inspirada en su trabajo con niños sordos de la Orquesta Filarmónica de Bogotá. “Allí, la música emergía solo al final, cuando los participantes lograban una conexión real. Fue un espacio de creación conjunta y profunda humanidad”, cuenta. Más que un logro personal, David lo vivió como una responsabilidad: “Me sentí embajador del talento colombiano y convencido de que en nuestra tierra florece un potencial capaz de tener relevancia mundial”.

En su trabajo cotidiano, David afina el equilibrio entre tres mundos que muchos ven opuestos: la ciencia, el arte y la sensibilidad. “Parte de la misionalidad de Aguanta la Música es integrar estos tres aspectos. El arte moviliza, la ciencia da rigor, y la sensibilidad nos recuerda por qué hacemos lo que hacemos”, dice.
Desde su mirada como educador y terapeuta, la música no solo acompaña, sino que construye sociedad. “Nos reúne, nos hace celebrar, expresar, crear. Cuando la gente se aleja de eso, el bienestar se reduce. La música puede ser el motor que necesitamos para enfrentar las complejidades del mundo actual”, reflexiona.
Entre los recuerdos que guarda de la UIS, sobresalen los rostros y las voces que marcaron su camino: su maestro Robinson; su amigo Andrés Mejía, fundador de PianÓpera y coreuta del Coro Nacional de Colombia; y sus compañeros de la clase de trombón, Eufonio y Tuba. “Siempre había alguien tocando, creando o soñando. Ese ambiente de compromiso y aprendizaje fue mi mejor escuela”, asegura.
A los jóvenes músicos de la UIS les deja una invitación que suena como un consejo y como una canción: “Pregúntense si realmente quieren ser instrumentistas de conservatorio, y si no, exploren otros caminos: la educación, la gestión cultural, la investigación. Pero, sea cual sea su elección, nunca abandonen aquello que realmente los apasiona”.
En su vida, cada acorde ha sido una decisión consciente de vibrar con el mundo. David Caicedo ha aprendido que la música, como la vida, no se trata solo de interpretar notas, sino de sentir, conectar y transformar. Porque, al final, cuando el alma afina, todo suena mejor.