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Del resguardo a la UIS: las hermanas Misak que aprendieron a vivir lejos de su comunidad

Diana Isabel y Johanna Calambás

Cuando Diana Isabel y Johanna Calambás llegaron a Bucaramanga, para estudiar en la Universidad Industrial de Santander, nunca pensaron que se enfrentarían a un ‘nuevo mundo’. Tuvieron un ‘primer choque’: el ruido de la ciudad.

Diana Isabel recuerda que cuando llegó sintió que todo era demasiado grande, lleno y muy ajeno al lugar en el que creció. No era para menos, venía del resguardo Misak de Piscitau, en el municipio de Piendamó, Cauca, un lugar rodeado de vegetación y montañas que silencian el afán de las urbes. Un lugar donde todos se conocen como si fueran una sola familia, dispuesta a ayudarse entre sí y donde a pocos metros de la casa se encuentran los cultivos necesarios para la alimentación del hogar. Donde el trueque vale más que el dinero.

“Acá todo es plata. Hasta para comprar un limón”, cuenta entre risas Diana Isabel.

A su lado está su hermana mayor, Johanna. Las dos llegaron a la UIS siguiendo el mismo camino que abrió Mario Alberto, el hermano menor de los tres, quien con apenas 15 años abandonó el resguardo para estudiar Ingeniería de Sistemas. Él fue el primero de la familia en llegar a Bucaramanga.

Él obtuvo el mejor puntaje Icfes de la promoción inaugural de la Institución Educativa Ala Kusreik Ya Misak Piscitau -que en lengua Namtrik significa “Minga Intercultural”- y eso llamó la atención de su profesor Jesús Antonio Cuchillo, quien empezó a buscar contactos que ayudaran a aquel joven tímido a encontrar una universidad donde pudiera estudiar. Así apareció la UIS.

Johanna ya había terminado sus estudios escolares. Mientras definía su futuro profesional, ayudaba en las labores de la casa. Sin embargo, recuerda que su mamá les dijo “si se va uno, se van todos”.

Después de Mario, arribó Diana, que ingresó a Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana. Más tarde Johanna logró entrar también a la universidad, luego de repetir el Icfes para mejorar su puntaje. La decisión significó abandonar el resguardo, la tranquilidad de su comunidad y la protección constante de una madre que, según cuentan, siempre los acompañaba a todas partes.

“Nosotros siempre salíamos con mi mamá. Cuando llegamos acá ya era hágale como pueda”, dice Diana.

Los hermanos Calambás junto a su mamá

Adaptarse a la nueva vida

Cuando arribaron a Bucaramanga, tanto la UIS como la ciudad eran completamente desconocidas. En ocasiones Mario no entraba a clase porque le daba pena preguntar dónde quedaban los salones. Diana también sufrió, el peso académico de una carrera donde el lenguaje técnico parecía otro idioma distinto al español básico que aprendió en el colegio. Johanna, en cambio, encontró refugio en el grupo de teatro de la universidad, donde empezó a soltarse poco a poco y a perderle miedo a hablar y compartir con otros estudiantes de diferentes carreras.

Para los tres el idioma también fue una barrera. Al llegar a la universidad, el Namtrik, lengua ancestral Misak, era un obstáculo en lo académico, especialmente por las conjugaciones y los conceptos académicos, hasta las exposiciones parecían una montaña imposible de escalar. En casa siguen hablando su lengua nativa.

“Yo estudiaba literatura y me decían: ‘¿Cómo así que estudia literatura y no sabe escribir bien español?’”, recuerda Diana. Aún resuena en su cabeza, más al recordar que esta situación la llevó a sacar un 0,5 en un examen. Una nota que nunca en su vida académica había obtenido. Por esto, durante los primeros semestres evitaba hacer trabajos en grupo. Sin embargo, se superó, buscó mecanismos y herramientas para mejorar su calificación y que su permanencia en la UIS no se viera truncada. Fue entonces cuando encontró apoyo psicológico y comenzó a descubrir otras maneras de aprender.

“Me tocó aprender desde cero muchas cosas”, dice.

En su camino, los hermanos Calambás han encontrado personas dentro de la institución que han sido un gran apoyo. Una estudiante indígena del Cabildo Universitario las ayudó a entender cómo funcionaba la universidad, dónde quedaban los comedores, cómo acceder a apoyos alimentarios y qué puertas tocar cuando fuera necesario.

Johana Calambás en los comedores UIS.

El costo de salir

Diana Isabel y Johanna cuentan que estar viviendo fuera del resguardo es un costo muy alto, el cual asume su mamá. Y la manutención de los tres encarece lo que ella debe enviarles entre el pago del arriendo, la alimentación y sustento en general.

Y contrario a lo que muchos creen, ellas aclaran que ser indígenas no significa tenerlo todo garantizado. “El único beneficio que tenemos es matrícula cero. De resto, arriendo, comida, papelería y ropa corren por nuestra cuenta”, explica Johanna.

Debido a los altos costos que esto le genera a su familia y teniendo habilidades manuales para tejer, Johanna decidió convertir sus saberes ancestrales en sustento.

En su comunidad, una mujer Misak debe saber elaborar su propio atuendo: las faldas negras, los collares de mostacilla, las mochilas y las panderetas que son tejidas a mano, manualidades que aprendieron desde pequeñas. Hoy, lo que empezó como tradición terminó convirtiéndose en un emprendimiento en Bucaramanga.

Johanna cuenta que todo inició porque las personas les preguntaban mucho por los collares y los bolsos que utilizaban. Así fue como se dijo a sí misma: ¿por qué no intentarlo? Y creó Piurek, que significa “hijos del agua”, una marca de artesanías inspirada en la cosmovisión de su pueblo. Hoy venden tejidos personalizados. Poco a poco y gracias a las habilidades manuales, Diana Isabel y su hermano Mario le empezaron a colaborar. Con este dinero, ellos ayudan a su familia en su manutención. Actualmente se encuentran en Instagram como Piurek artesanías.

Las hermanas asistiendo a una actividad programadas en la Universidad

Sus tradiciones las han compartido

Hoy participan en espacios académicos donde hablan de su lengua, de la justicia propia, de la medicina ancestral y de la cosmovisión Misak. Han entendido que, en cierta forma, también son puente entre dos entornos.

Las dos coinciden en afirma que: salir del resguardo cambió sus vidas. Aunque ya llevan varios años en Bucaramanga, aun extrañan el aire frío de Piendamó, las montañas, los animales, el cielo estrellado y la tranquilidad del resguardo.

Diana sueña con regresar algún día a su comunidad y enseñar en la escuela donde estudió. Johanna, en cambio, quiere crecer profesionalmente donde encuentre oportunidades, aunque no descarta volver.

“Hay gente muy respetuosa, pero otras veces uno siente que lo miran como si fuera un animal exótico”, confiesa Diana Isabel que esto la agobiaba al tener que interactuar con otros, por eso muchas veces ha preferido estar sola. Aun así, aprendieron a convertir esa curiosidad en conversación.

En ocasiones, Diana Isabel y Johanna utilizan su atuendo tradicional. Esto les permite sentirse cerca del resguardo, de su gente, de su comunidad.

Los vestidos tradicionales del resguardo Misak de Piscitau (Piendamó, Cauca) representan su cosmovisión, memoria ancestral y conexión con la Madre Tierra. En ellas su atuendo incluye un anaco, que es una falda larga de color negro o azul oscuro, enrollada a la cintura y sostenida por una faja larga; con una camisa blanca bordada con detalles coloridos o manga larga, una ruana o chalina, que es una prenda rectangular tejida en lana, usada sobre los hombros. Lo complementan con collares de cuentas de colores vivos, aretes y un sombrero de ala corta.

Sin embargo, las dos coinciden en algo: salir del resguardo cambió sus vidas. “Uno ya no sabe exactamente dónde pertenece”, dice Johanna. “Porque extraña la casa cuando está acá, pero cuando vuelve allá también extraña la ciudad”.

Pero más allá de las diferencias en el territorio y la vida universitaria, los estudiantes Misak describen cómo sus prácticas de salud, espiritualidad y convivencia comunitaria cambian al vivir lejos de su comunidad. Explican que, en su territorio, muchas dolencias se tratan inicialmente con plantas medicinales y saberes ancestrales transmitidos entre generaciones. Mientras en la ciudad es común recurrir a medicamentos, en su comunidad utilizan remedios naturales para aliviar síntomas como la fiebre o el dolor corporal.

Poco a poco se han ido adaptando a su vida citadina. Van a Misak cada fin de año, pues la distancia y los costos de desplazamiento no les facilita ir constantemente. Y para estar más cerquita de los suyos, mantienen las tradiciones y celebraciones típicas de allí.

En Colombia existen 115 pueblos indígenas reconocidos, una población que representa cerca del 4,43 % de la población nacional, aproximadamente 2,3 millones de personas. Además, existe una diversidad lingüística, puesto que son hablantes de 65 lenguas nativas diferentes. Por esto, para Diana Isabel y Johanna reducir todas las comunidades a una sola imagen desconoce la riqueza cultural y las problemáticas particulares que enfrenta cada pueblo indígena en el país.

Hoy aprendieron a enseñarle a la UIS su cultura, sus costumbres y sus arraigos, algo que las enorgullece y les recuerda de dónde vienen y quienes son.

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