
“Yo lo que recuerdo es todos los días estar jodiendo con las maticas, porque me gusta, me recuerda el campo del que vengo” … Con la voz entrecortada y los ojos ‘encharcados’, Pedro Delgado resume lo que para muchos es apenas un oficio, pero que para él representa dignidad, amor y resistencia. Llegó desplazado del campo, sin imaginar que un día caminaría los pasillos de la Universidad Industrial de Santander no como estudiante ni como visitante, sino como uno de los hombres que acarician la tierra con manos sabias, jardineros que siembran belleza. “Nunca tenía ni el pensamiento de llegar a trabajar aquí”, dice con un dejo de humildad, alegría y orgullo, como si aún le costara creerse merecedor de ese lugar que ha conquistado con sudor y paciencia.
La historia de Pedro no es única, pero sí profundamente emotiva. Al igual que él, jardineros como Jorge, Julio, Jhon Jairo, Oscar, Rafael, Rubiel, Jairo García, Humberto, Vidal, Narciso, Omar, Santos y Gerson, han transformado con sus manos la cara verde de la UIS, ocultos bajo inmensos sombreros y gorras, empuñando tijeras de poda, azadones, picas, palas, podadoras… poniéndole la cara al sol. Su labor, muchas veces inadvertida, sostiene la vida que florece en cada rincón del campus UIS. Todos tienen un común denominador, tienen arraigo campesino, de saludar fuerte y manos encalladas.
Pedro camina entre arbustos como quien recorre los recuerdos. La UIS no solo le dio un empleo: le permitió reencontrarse con la tierra, aunque fuera en otro suelo. “El desplazamiento me trajo hasta acá, pero gracias a Dios estoy bien”, dice mientras acaricia con delicadeza las hojas de un arbusto recién podado. Sus manos curtidas, que un día sembraron en el Carmen de Chucurí, hoy cuidan con esmero cada rincón de una universidad que florece gracias a hombres como él.

Y no está solo. Jorge Leonardo Barrera recuerda cómo llegó a la UIS por azares de la vida, cuando un vecino lo recomendó sin decirle el destino. “Ni idea para dónde era, solo me dijo que pasara la hoja de vida… y cuando supe que era para acá, para la UIS, fue una bendición”, cuenta con una sonrisa modesta. A Jorge lo atraviesa el amor por el campo, por San Joaquín, Santander, y por su familia. “Mi camino en la jardinería empezó prácticamente desde que nací. Siempre he vivido en el campo”, asegura con voz firme.
A John Jairo Petaluda, un ribereño de pura cepa, la jardinería le llegó por sorpresa: “Gracias a Dios estamos acá y ha sido de mucha ayuda y mucha bendición”, dice con una sonrisa serena. Su oficio empezó por necesidad y se transformó en vocación. Hoy trabaja con pasión, consciente del valor de cada poda, de cada hoja recogida. “A veces le dicen a uno: ‘quedó bonito, quedó bien hecho’, y eso es gratificante”, afirma con humildad.
Julio Enrique Rojas, por su parte, aprendió de su padre. “Mi papá era jardinero… desde pequeño nos llevaba a trabajar en jardinería y de ahí seguimos el arte”, dice con orgullo. Su legado es visible en cada flor, en cada manto verde que adorna los pasillos. “Lo más gratificante es verlas bonitas, verlas bien verdecitas, bien cuidadas”, dice mientras poda con delicadeza las plantas que rodean el lago, en el corazón del campus central.
La jornada empieza antes de que la ciudad despierte. Guadañas, mangueras, carretillas, picas, palas, azadones… “Ahorita realizo un jardín, más tarde me llaman: Jorge, vamos a hacer un prado allá por los lados de la biblioteca”, relata Jorge. Su día a día se mueve al ritmo de esa rutina. “O nos toca mirar abejas que se han metido a los salones, qué solución se les puede dar”, añade con una serenidad que solo dan los años en la tierra.

La tierra les habla, y ellos responden. “El árbol que tanto yo quiero y que me duele que se toque es el samán que está en la entrada de la carrera 27, porque es el árbol icónico de San Vicente de Chucurí”, dice Pedro con voz emocionada. Algunas lágrimas resbalan por sus mejillas tostadas por el sol. Ese mismo árbol está en el parque de su pueblo, frente a la iglesia, y aunque hoy lo ve en otro contexto, su raíz simbólica no se ha roto.
Pero no todo es reconocimiento. Pedro lo resume sin adornos: “Lo único que yo le pediría a la comunidad UIS es que tengan en cuenta siempre el valor de los jardineros, los que siempre estamos pendientes de las matas”. Se refiere a ese gesto simple de agradecer, de reconocer el trabajo bien hecho, no solo cuando algo falla.
A veces, el mayor pago es una sonrisa, una palabra amable. “A veces pasan personas y dicen: ‘¡Uy, ¡qué bonito!’, más que todo las señoras. Y eso lo llena a uno”, dice Julio. Lo llena, pero no basta. Porque el trabajo silencioso de estos hombres es, también, una forma de resistencia. “Uno ha sufrido”, confiesa Pedro, y esa frase pesa. Pesa como la tierra húmeda tras una jornada bajo el sol.
Hay ternura y hay firmeza. “El trabajo no es pesado”, dice Jorge, “para lo que uno hacía en el campo, acá se le baja a uno la carga”. Pero también hay frustración cuando ven papeles tirados a centímetros de una caneca. “En los jardines usted encuentra papeles, bolsas… gente que habiendo una caneca no echa la basurita en su lugar”, lamenta Jorge.
John Jairo complementa con un pedido que va más allá de lo estético: “Que haya más conciencia de las personas… uno va con la mano y cuando siente, ¡popó de perro! Esta labor tan hermosa también necesita respeto.” Es un llamado a cuidar, también, a quienes cuidan.

Julio lo reafirma con un llamado simple: “Ayudemos entre todos a no dañar las zonas verdes, los jardines… y a mantener limpio”. No piden mucho, solo respeto por lo que cuidan como si fuera suyo. Porque lo es.
La UIS florece no solo por el clima, ni por su arquitectura moderna o por sus programas académicos. Florece por las manos de quienes desde la madrugada hasta el calor del mediodía le dan forma a su verde rostro. “Sentirse orgulloso del trabajo que uno hace, porque si nosotros no mantenemos los jardines, los jardines se acaban”, sentencia Pedro. Y esa verdad debería resonar como un mantra en cada rincón del campus.
Oscar Javier Uribe, quien mantiene con precisión la cancha del Estadio Primero de Marzo, también lo sabe: “es algo muy satisfactorio porque prácticamente para entrar uno a trabajar acá casi es imposible”, dice. El orgullo lo inunda cuando recuerda a los equipos internacionales que entrenan sobre el césped que cuida: “Siento mucha alegría porque están en la parte donde uno trabaja”.


Con voz firme, deja un mensaje claro: “Trabajar de corazón y no como por estar cumpliendo una labor.”
Cada hoja recogida, cada raíz que se fortalece, es un acto de amor. “Yo sé bastante de esta joda”, dice Pedro con una mezcla de humor y orgullo. Porque ha sembrado toda su vida, porque sus manos saben del oficio… y su corazón también.
Cuando cae la tarde, los jardineros recogen herramientas, dan el último riego. Silenciosos, pero con el alma llena de verde. No esperan aplausos, pero los merecen todos.
Así que la próxima vez que cruce uno de esos jardines florecidos, deténgase un segundo. Mire bien. Escuche el canto de un pájaro, sienta el perfume de las flores, pise con respeto el pasto. Allí, entre raíces y pétalos, vive una historia de dignidad y tesón. Y si tiene suerte, verá a Pedro, a Jorge, a Julio, a Oscar, a Rafael o a Rubiel… acariciando la tierra como se acaricia la vida: con paciencia, con dolor, con amor… Ellos no solo cuidan jardines. Cuidan memoria. Cuidan país… Cuidan el verde de la UIS.
