Icono de atajos

Camilo Torres apareció y renació la esperanza de los desaparecidos

Entrega de restos de Camilo Torres

“Cuando alguien ha trabajado, ha buscado intensamente algo y se ha visto frustrado muchísimas veces, y de pronto aparece la posibilidad de un cierto logro, un éxito, uno siente una gran satisfacción, al decir, tantos esfuerzos, tantas búsquedas, tantas luchas, por fin como que tienen una respuesta…”.

Las palabras del padre Javier Giraldo llegan con un suspiro largo después de seis décadas de silencio. En 2019, el sacerdote católico jesuita, defensor de derechos humanos e investigador, solicitó ante la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), la búsqueda del cuerpo del padre Camilo Torres Restrepo, quien murió en la operación ‘Dardo’, durante un combate entre el Eln y el Ejército, en tierras santandereanas, hace 60 años.

Torres hacía parte de esa cifra que recuerda la magnitud de la ausencia en Colombia: al menos 135 mil personas desaparecidas registradas hasta 2016.  Por años, el paradero del cuerpo de quien fuera etiquetado como el “cura guerrillero”, fue una ‘pregunta sepultada’, un eco suspendido en la historia.

Muerte de Camilo Torres

El 15 de febrero de 1966, a las 10:30 de la mañana, cayó en Patio Cemento, San Vicente de Chucurí. Murió en combate… dos impactos de bala, tenía 37 años y, según historiadores, no más de dos meses en las filas insurgentes.  Durante seis décadas su ausencia fue un cuerpo sin tumba. En Santander, la tierra que lo vio morir, estaba a la vista de todos, en el Cementero Municipal, sobre la congestionada calle 45 del barrio Campohermoso de Bucaramanga.

Urna de Camilo Torres

Su tumba permaneció sin nombre, en un pabellón militar deteriorado, durante más de 50 años. En el primer osario del bloque a la derecha, de donde fue exhumado por la UBPD, el 19 de junio del 2024. Los primeros restos que se depositaron en ese panteón de la Quinta Brigada, fueron los de Camilo Torres.

“Nuestros registros plantean que nadie se imaginaría dónde iba a estar el padre Camilo Torres. Los hechos que ha logrado reconstruir la investigación humanitaria y extrajudicial alentada por la Unidad, permite establecer que él fallece el 15 de febrero y más o menos cuatro días después, hacia el 19 de febrero, se le practica un acta de levantamiento a él y a los otros cuerpos que estaban con él.

“En esa acta de levantamiento se relacionan las lesiones que provocan su muerte, incluso las características que tenía ese cuerpo en el momento de los hechos.  Y luego de esta inspección, es inhumado en una sepultura clandestina en la zona de Patio Cemento, en la cual el Ejército era el único conocedor de ese lugar de disposición”, relata Carlos Ariza Castillo, antropólogo de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas.

Camilo Torres y el general Tovar

Lo dice sin estridencias, como quien habla de una evidencia científica. Pero detrás de esa frase hay un mensaje claro: un hombre muy buscado estaba expuesto, camuflado en la cotidianidad, donde nadie lo podía imaginar, como si se hubiera cumplido aquella frase de Mao Tse Tung que evocaba que la única forma de camuflarse es estar dentro del enemigo… Para este caso, Camilo Torres, aun siendo señalado de guerrillero, estuvo por más de 50 años en un panteón militar. ¿Quién lo imaginaba?

Tras su muerte, durante tres años permaneció bajo tierra, envuelto en cuatro bolsas de polietileno, en una sepultura clandestina que solo el Ejército conocía, junto al río Cascajales, con una ubicación de 85 grados norte sur y una ceiba como referencia. Luego fue trasladado a Barrancabermeja donde estuvo de tránsito, y finalmente, Bucaramanga, en el panteón militar, en una urna color caoba comprada por quien había sido su gran amigo: el mismísimo general Álvaro Valencia Tovar, para entonces comandante de la Quinta Brigada del Ejército en Bucaramanga y quien estuvo al mando de la operación Dardo… Paradójico, eran amigos de infancia y enemigos en la guerra.

Fue precisamente Valencia Tovar, en una de sus últimas entrevistas a la Revista Semana en el 2007, quien dio las primeras señales de las características de la urna y del lugar donde estaban los restos de Camilo.  “No es una urna cualquiera”, cuenta Ariza. “Es una urna impresionante. Yo nunca había estado en un sitio donde un cajón se conservará en tan buen estado”.

Ese detalle fue una línea de evidencia: el color, la calidad, la descripción hecha en 2007 por el general Valencia Tovar. Todo estaba escrito, todo se había dicho, pero nadie había logrado leerlo completo… Hasta que la UBPD decidió hacerlo.

Camilo Torres

La investigación que permitió reconstruir el destino del cuerpo de Camilo Torres no fue una revelación súbita. Fue un rompecabezas armado con archivos olvidados, testimonios dispersos y documentos que durante años permanecieron sin ser leídos como pistas.

“De la búsqueda del padre Camilo se destacaría, por ejemplo, la triangulación de fuentes documentales”, explica Manuel Criales, coordinador del equipo Territorial Santander de la Unidad de Búsqueda.

“A veces hay una cantidad de documentos como actas de levantamiento, como procesos judiciales antiguos que se quedan allí y no se han puesto al servicio de la búsqueda humanitaria extrajudicial”, señala.  En esa reconstrucción también resultaron claves archivos de memoria y testimonios de víctimas.

“El archivo oral de las víctimas, como el de Amovi de la Universidad Industrial de Santander, es una gran fuente de información que nos permite acercarnos a ese pasado y encontrar pistas sobre qué pasó con muchas personas desaparecidas”, agrega Criales.

En Colombia, hay al menos 135 mil personas desaparecidas registradas hasta 2016, y en Santander, a corte del 2024, la cifra era de 4490. La búsqueda de Camilo Torres no fue un privilegio, fue un método; el mismo que se aplica a todos los casos. Una esperanza para quienes aún siguen en la espera.

“Era casi que un imposible posible”, explica Ariza. Sesenta años después, con huesos erosionados, con ADN mínimo, con padres fallecidos hace décadas, la identificación parecía un acto de fe. Pero la fe, en este caso, fue ciencia.

El 19 de junio de 2024, el equipo de la UBPD abrió la bóveda, “la primera a la derecha”, como lo había indicado el general Valencia Tovar. La preocupación: 55 años en un osario suelen traducirse en madera podrida, humedad, fragmentos irrecuperables. Sin embargo, la bóveda estaba seca, la urna casi intacta.

Los restos de Torres estaban en una bóveda del panteón militar

Al abrirla encontraron estructuras óseas mezcladas, dispuestas arbitrariamente: una escápula grande, fragmentos de cráneo, huesos largos y robustos… Punto clave, quienes conocieron a Camilo sabían que medía más de 1.80 metros de estatura.

Y algo más. “Encontramos tres parietales derechos”, dice Ariza. “Y un ser humano solo tiene uno”. No estaban ante un solo cuerpo, era un contexto mezclado, restos que probablemente compartieron fosa común en Patio Cemento, compañeros de combate, historias cruzadas en la muerte. Separar fue un acto de paciencia quirúrgica.

La tibia derecha tenía mayor probabilidad de contener ADN, poca cantidad, sí; pero la mayor dentro de lo poco. Fue sometida a tecnología que mide, a través de haces de luz, la posibilidad genética que aún resiste en el hueso. El 19 de enero de 2026, incluso luego de que 18 piezas óseas fueran llevadas a un laboratorio de Estados Unidos, el resultado llegó. 

Coincidencia con el perfil genético de su padre, Calixto Torres: 1.230 millones de veces más probable que fuera su hijo.  No existe el 100% en genética, pero a veces la probabilidad es tan contundente que se convierte en certeza moral. Camilo Torres había sido encontrado.

Su madre, Isabel Restrepo, murió en 1973 buscándolo, movió cielo y tierra, le escribió al papa, a presidentes, a todo aquel cuya influencia la llevara al hallazgo de Camilo. Fue, como dice Ariza, “la primera madre buscadora de este país”, falleció sin saber dónde estaba su hijo… Como suele pasarles a miles de madres en Colombia.

Camilo Torres  y su mamá

Ese impulso de búsqueda que atravesó la vida de Isabel Restrepo sigue vivo hoy en otras mujeres que tampoco se resignan a la ausencia. Una de ellas es Imelda Oliva Martínez Reyes, madre buscadora en Santander, quien comenzó su propio viacrucis en 2004, cuando su hija Astrid Angélica desapareció en Floridablanca… Al parecer a manos de paramilitares.

“Eso inició el 2 de noviembre del 2004 con la desaparición de mi hija Astrid Angélica… ya tenía 16 años. De ahí en adelante me convertí en una madre buscadora”, cuenta. Desde entonces la búsqueda no se detuvo.  Dos años y medio después, un nuevo dolor llegó: también desapareció su hijo Ervin Hernando.

“Ha sido una búsqueda muy insistente, muy dolorosa, donde he tenido que pasar por muchas cosas, amenazas, persecución, pero eso no me ha dejado desistir de eso”, relata.  La voz se le quiebra, ella es fuerte y evita en medio de dolor, que las lágrimas rueden por sus mejillas ya zanjadas por el llanto de más de 22 años.  Carga con el peso de esa cruz, a diario: “Esto es muy difícil, todos los días, son pocas las horas de sueño que uno puede sostener, a veces sueño con ellos, hablo con ellos, pero no logro recordar lo que he hablado”.

La investigación fue realizada por la UBPD

Hay algo profundamente simbólico en el hallazgo de Camilo Torres, en que su perfil genético, exhumado años atrás, de sus padres y familiares, en el Cementerio Central de Bogotá y en el Cristóbal Colón de Cuba, haya sido clave para traerlo de vuelta. Es como si la búsqueda de una madre y de un padre atravesaran el tiempo.

Lo más impactante no es solo que estaba allí, en Campohermoso, en una zona recorrida por generaciones. Lo más impactante es que el hallazgo no es una anécdota histórica: es un precedente. La tecnología utilizada para identificar un cuerpo con tan poco ADN disponible, será aplicada ahora a cientos de restos recuperados que enfrentan el mismo desafío.

“Va a contribuir con la identificación de cientos de cuerpos que ya hemos recuperado”, afirma Ariza. “Y que tienen los mismos desafíos que tiene el cuerpo del padre Camilo”, ese es el verdadero hallazgo.  No fue solo un nombre recuperado, sino un método afinado, una puerta abierta, una esperanza replicable.

Pero, ¿Qué significa encontrar a alguien 60 años después? “Para nosotros es muy satisfactorio saber que, a pesar de que llevaba 60 años desaparecido, su familia ya puede tener tranquilidad, ya pueden ir a donde llevarle una flor”, dice Imelda Martínez.  Para el caso del padre Camilo, su familia Social, porque sus padres y hermanos, murieron en la espera.

“Siempre la búsqueda es esa: saber dónde están y cómo están… y que ellos hayan tenido ese privilegio de encontrar a Camilo Torres es una satisfacción esperanzadora, porque pensamos que nosotros también vamos a poder encontrar a nuestros familiares, (…) el miedo, yo lo enterré el día que perdí a mis hijos y eso es lo que me sostiene de pie”, añade Imelda.

Los restos de Torres fueron entregados el pasado febrero

Desde la dirección de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas, el hallazgo también tiene un significado más amplio. “Han sido dos años de esfuerzos significativos en materia de recolección de información y triangulación de fuentes documentales que hoy nos permiten tener hipótesis muy serias frente a su localización y su identidad”, explica Luz Janeth Forero, directora de la entidad.

Para Ariza, este hallazgo “es la esperanza para miles de familias que probablemente llevan esperando décadas y van perdiendo la ilusión de poder encontrar a su ser querido… así sea un huesito”.

“Un huesito”, en esa palabra cabe todo el país porque el conflicto no solo mató, también ocultó, desdibujó, enterró sin nombre. Y cada cuerpo que regresa es una puntada en el tejido social roto.

“Soy un convencido de que la única forma de poder recomponer las heridas que ha dejado el conflicto es traer a casa a los desaparecidos”, dice el antropólogo. “Eso ayuda a recomponer el tejido social”.

No habla como político, habla como científico, como alguien que ha sostenido huesos entre sus manos y ha visto cómo la ciencia puede convertirse en reparación. Camilo Torres tendría hoy 97 años.  Durante seis décadas fue un mito, un referente ideológico, una figura polémica. Hoy vuelve a ser un cuerpo con nombre. Y eso cambia todo.

Porque cuando un país logra encontrar a uno de sus desaparecidos más emblemáticos, demuestra que puede encontrar a los demás. Que incluso ese “imposible posible” puede volverse tangible si hay voluntad, método y memoria.

restos de Camilo Torres

Luz Janeth Forero, directora de la UBPD, es enfática en que “cada vez que una persona es encontrada, es la posibilidad de vencer el miedo, de vencer el temor, de vencer las dificultades que probablemente les han impedido hasta ahora visibilizar, romper el silencio y hablar de sus seres queridos desaparecidos”.

En la calle 45, donde miles caminaron sin saberlo, hubo durante años una verdad silenciosa esperando ser leída correctamente. No estaba perdida, estaba mal interpretada, como tantas historias en Colombia.

Hoy, esa bóveda vacía no es ausencia, es prueba, es precedente, es mensaje. El padre Camilo ya no es un misterio enterrado, es un cuerpo devuelto, es una madre que, tarde, pero al fin, desde la eternidad, dejó de buscar sola. Es una tibia derecha que sostuvo la memoria de un país. Y, sobre todo, es la prueba de que la búsqueda no es en vano, de que incluso después de décadas, todavía es posible encontrar a quienes siguen siendo esperados.

Andrés Correa, historiador, archivista y magíster en historia de la UIS

Camilo Torres es un actor representativo, más que esclarecedor, porque la figura del padre Camilo Torres se había convertido en un símbolo de la resistencia insurgente, sobre todo de las banderas del ELN, entonces en primer lugar es un acto de restitución, de honrar e identificar la memoria de los más de 135 mil desaparecidos del país. 

Si bien es un acto que sucede después de 60 años, nos trae a colación una realidad que tenemos en nuestro país, una realidad incómoda y es que hay más de 135 mil personas que han pasado por ese triste final de la desaparición.  Y el drama no es únicamente para el desaparecido, el drama o llamemos así, la cruz diaria la llevan los vivos es una de las cuestiones que me parece muy importante y es traer a colación eso, aún quedan muchas familias que están en la búsqueda, en la constante desilusión de que pasa un día, llega la noche y aún no saben nada de las personas que están esperando o que de alguna manera saben que no van a llegar, pero que quieren saber dónde está su cuerpo.