
La juventud es la etapa donde se define el proyecto de vida, pero para muchas santandereanas este paso hacia la vida adulta está condicionado por barreras educativas, laborales y salariales que limitan sus oportunidades reales de progreso.
Si bien, ellas siguen accediendo más a la educación superior, frente a los hombres enfrentan los mayores obstáculos para consolidar una autonomía económica sólida, una paradoja inquietante. Así lo advierte el informe ‘Brechas que marcan el futuro: desafíos educativos y laborales de las Jóvenes en Santander’ realizado por el Observatorio de Mujeres y Equidad de Género de Santander (OMEGS), en alianza con la Universidad Industrial de Santander y la Gobernación Departamental, que traza una radiografía detallada de las brechas estructurales que inciden en el presente y futuro de esta población.
Entre 2019 y 2024, la participación femenina en educación superior pasó del 51,6 % al 54,4 %. Las mujeres superan a los hombres en niveles técnico, tecnológico y profesional, y mantienen una presencia destacada en posgrados. No obstante, detrás de este avance persiste una segregación silenciosa, resalta el estudio, enmarcado en la Política Pública de Mujer y Equidad de Género de Santander.

En Colombia, si bien se observan ligeros avances en indicadores de empleo juvenil, las brechas de género siguen siendo marcadas. De acuerdo con cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), para el trimestre julio–septiembre de 2024–2025, la tasa de participación juvenil fue del 54,7 %, la tasa de ocupación del 46,7 % y la desocupación del 14,6 %. En Santander, para 2024, la desocupación juvenil alcanzó el 11 %, con reducciones en la participación y la ocupación respecto a 2023. Estos datos evidencian que las dificultades de inserción laboral no son homogéneas y que afectan en mayor medida a las mujeres jóvenes, quienes enfrentan barreras simultáneas: menor acceso a oportunidades formales, carga desproporcionada de trabajo doméstico y de cuidado, y estereotipos de género que restringen su disponibilidad laboral.
Por su parte, el OMEGS señala que las áreas con mayor presencia femenina siguen siendo Ciencias de la Educación (76 %), Ciencias de la Salud (74 %) y programas relacionados con economía y administración (71 %). En contraste, en Ingeniería, Arquitectura y carreras STEM, la participación femenina apenas alcanza el 35 %, mientras que en Agronomía llega al 43 %. Las disciplinas con menor presencia femenina coinciden con los sectores de mayor crecimiento, innovación y remuneración en la economía regional.
Además, ellas prefieren más las modalidades virtuales (19 %) y a distancia (9,3 %), una alternativa que puede interpretarse como flexibilidad académica para adaptarla frente a cargas domésticas que siguen recayendo de manera desproporcionada sobre ellas.

Más obstáculos
En estudios como especializaciones y maestrías, las mujeres predominan, con una participación entre el 55 % y el 58 %, mientras que los hombres se mantienen entre el 42 % y el 44 %, durante el 2024. No obstante, la desigualdad se hace más evidente en los doctorados, donde solo el 43 % de ellas está matriculadas frente a un 57 % ellos.
“La brecha de género en la formación doctoral obedece a la existencia de barreras relacionadas con una sobrecarga en el trabajo del cuidado, la maternidad, las brechas laborales o imposibilidad de alternar los estudios con trabajo remunerado”, destaca el informe.
De acuerdo con Mariana Andrea Durán Fontecilla y Carla Estefanía Vargas Valdés, en su publicación “Están Esperando lo Mejor de Ti”: La Compleja Intersección de ser Mujer, Madre y Estudiante de Doctorado”, en la revista Latinoamericana de Educación Inclusiva, “la disparidad en el acceso y la permanecía en los estudios de doctorado tiene su origen en la intersección de ser mujer-madre-estudiante, donde la responsabilidad social del cuidado choca con las exigencias académicas y la falta de apoyo estructural, tanto eco nómico como institucional”.

La transición al mercado laboral reproduce y amplifica estas desigualdades. En 2024, la Tasa Global de Participación de los hombres jóvenes alcanzó el 61,6 %, mientras que la de las mujeres llegó al 49,6 %. Es decir, existe una brecha de 12 puntos porcentuales que mantiene a casi la mitad de la fuerza laboral femenina joven por fuera del mercado.
Entre tanto, el desempleo juvenil también golpea con mayor fuerza a las mujeres, donde el 20,1 % registra sin empleo frente a 16 % en los hombres. A esto se suma una alta informalidad que ronda entre el 52 % y 54 %, generalmente en sectores de baja calidad laboral y sin protección social.
Sumado a las estadísticas anteriores, preocupa el fenómeno NENTR (jóvenes que no estudian ni trabajan de manera remunerada). En Santander, cinco de cada siete en esta condición son mujeres. Esto prende las alarmas porque combina la inexperiencia laboral y responsabilidades de cuidado que limita su inserción productiva.
Un desafío estructural
Santander evidencia que las mujeres jóvenes enfrentan desventajas estructurales, lo que ha traído consecuencias en menores tasas de participación y ocupación laboral, más desempleo y una inserción inestable en comparación con los hombres y la población adulta.
Frente a este panorama, expertos recomiendan institucionalizar sistemas de cuidado, fortalecer becas y estrategias de inserción en áreas tecnológicas y establecer mecanismos permanentes de vigilancia sobre las brechas salariales, especialmente en el sector informal.
Santander enfrenta así un reto decisivo: evitar que una generación de jóvenes quede atrapada entre la formación y la exclusión. Garantizar condiciones reales de equidad no solo ampliará oportunidades individuales, sino que permitirá que el departamento avance con todo su potencial humano.
