
Cuando las casas todavía eran una sola familia, las calles no eran tan concurridas por los vehículos y los más chicos jugaban en las cuadras, en lo alto del barrio Albania, Óscar Piñeres vio por primera vez una patineta. En ese momento no sabía que aquella tabla hecha a medias, nacida del ingenio y la pobreza de su primo José Ricardo sería el primer puente con el skateboarding.
“Yo no conocía lo que era una patineta. Tenía como unos 5 años y él (su primo) montaba patines, pero de cuatro llantas, entonces, un día los partió en dos, o sea, por la mitad e hizo la tablita en una forma de patineta plana, sin aletas. Y la primera que monté era de la marca Makaha, que era de pasta, fueron de las primeras que llegaron acá. Me gustaba bajarme sentadito por las calles del barrio, que son bajadita”, recuerda Óscar.
Con el paso de los años, su amor por el skate creció. A los 10 años, con la inocencia de la edad, le pidió al Niño Dios una patineta para Navidad. No llegó en diciembre; llegó meses después, como regalo de Primera Comunión. Fue José Ricardo quien se la entregó, de la manera en que se dan las cosas verdaderamente importantes: sin discursos, pero con amor. Y ahí, quizá sin saberlo, Óscar recibió su destino, ese que con el tiempo le abriría tantas puertas.
“Desde que conocí la patineta tuve una conexión con ella, yo dije: ‘Quiero ser profesional y como sea, yo quiero vivir del skateboarding, no quiero bajarme de la patineta nunca’. Era un sentimiento muy muy puro que conectaba mi alma con todo mi ser”, dice con la convicción de que ha logrado grandes cosas.
Antes de recibir este regalo, Óscar recuerda que montaba en la ‘azulita’, la patineta de pasta que había heredado de su primo, a quien admiraba no solo porque le enseñó del skateboarding, un deporte que le ha traído grandes enseñanzas, sino también porque él creo el primer skateboardist, “entonces me parece eso que fue muy genial”, dice Óscar con una gran sonrisa en su rostro, de esas que lo remontan años atrás y solo traen bonitos momentos.

El skateboarding es una actividad deportiva y recreativa que consiste en deslizarse sobre una tabla con ruedas (skateboard) y realizar trucos, como giros y saltos. Se originó en los años 50 en California, Estados Unidos, como una forma de simular el surf en tierra, combinando el equilibrio y la destreza para desplazarse y ejecutar maniobras acrobáticas. El skateboarding es ahora un deporte olímpico que incluye diversas modalidades como street y vert.
Aunque a lo largo de los años Óscar ha tenido infinidad de patinetas, no las colecciona. Prefiere darlas a otros deportistas en formación, convencido de que es mejor que sigan rodando en manos de alguien que las necesite. En promedio, cambia de tabla cada dos o tres meses, según el desgaste.
“Cuando uno empieza en el skateboarding no necesita más que una tablita para andar por cualquier terreno. Lo que realmente varía son las llantas, según el tipo de rampa”, explica. “Para una rampa vertical sirven unas ruedas más anchas; en cambio, para hacer trucos en piso o en la calle funcionan mejor unas más angostas”.
Siguiendo con sus sueños
Sus ojos claros transmiten una mirada dulce y genuina, de esas que muestran su sencillez, las ganas de seguir saliendo adelante y seguir llegando muy lejos. Su inspiración ha sido su mamá, María del Rosario Cuadros, que lo respaldó en lo que más lo apasionaba: su afición por el skate, a pesar de que en el hogar siempre hubo limitaciones económicas.
“Cuando tenía 16 años, aún estaba en el bachillerato, mi mamá me regaló una patineta profesional, era de segunda. Sé que fue con mucho esfuerzo porque esas bichas (tablas) son costosas. Una patineta profesional cuesta por ahí 560, 800, un millón de pesos”, dice.
Al practicar este deporte, sabía que tenía que luchar contra un estigma social, asociado al joven rebelde con patineta que se proyecta en las películas. Por eso, sabía que no quería darle ningún ‘dolor de cabeza’ a María del Rosario, solo tranquilidad y paz. Esa era la mejor forma de retribuirle todo lo que había hecho por él y su familia.

“Siempre he sido muy creyente. Lo que pensé es: si no tengo para darle dinero, al menos que tenga paz, no ocasionarle problemas. Eso fue lo que hice. Siempre me ha gustado el estudio, pero cuando terminé el bachillerato, no había plata para entrar a la universidad. Cuando eso no era gratuito como ahora, tocaba pagar. En ese momento no pude ingresar a la UIS porque no había cómo prepararme en un curso de preuniversitario, entonces me tocó trabajar, lo hacía en lo que saliera, vendiendo tintos, en construcción, en muchas cosas”, relata.
Sin embargo, sacaba tiempo para ir a practicar skateboarding, ya fuera en el velódromo Alfonso Flórez Ortiz, en las canchas del barrio Álvarez, detrás de la Alcaldía, donde improvisaban rampas para skate.
Además, asegura que quienes practican este deporte son personas muy sanas, sin ningún tipo de vicios. Muy contrario a lo que se podría pensar: “Nadie llegaba de pronto como a fumar o a hacer otra cosa que no sea skateboarding. Esa era nuestra lucha con la comunidad y la policía, pero les demostramos que podemos practicar sin dañar los espacios comunes de los parques y brindándoles a los niños, jóvenes y adultos una buena entretención”.

Hoy, a sus 43 años, Óscar comparte esa misma pasión con su familia. A su lado está su ‘monita’, María Angélica, su esposa y con quien ha compartido 25 años de vida, y Ada Valentina, su pequeña de cinco años, quien ya también se lanza de las rampas. Y es que cómo no iba a heredar este gusto por las ruedas y las rampas, si la pequeña creció en medio de las patinetas.
Además, es uno de los pequeños que integra la escuela de Skate por la vida, donde niños, jóvenes y adultos aprenden de este deporte, y que a lo largo de estos años ha formado a más de 800 personas.
Skate park de la UIS
Con el paso de los años, Osquitar, como muchos lo llaman de cariño, empezó a hacer demostraciones con diferentes técnicas en otros lugares, como los domingos en Vecinos y Amigos de la UIS, y en la ciclovía de la carrera 27 en Bucaramanga, espacios que le permitieron mostrar el arte y sus grandes capacidades al rodar.
Sus visitas a la Universidad lo llevaron a contemplar la idea de que la UIS tuviera un skate park. Fue entonces cuando apareció en el camino María Alejandra Aguilera, quien en ese momento era representante estudiantil UIS y una aliada clave para que el sueño empezara a tomar forma.
En conversaciones, llegó la invitación de reunirse con el rector Hernán Porras Díaz y presentar la propuesta. La organización, casi meticulosa, fue su mejor carta de presentación, una cualidad que siempre lo había caracterizado y que en esta ocasión jugó a su favor. Llevaban el proyecto “masticadito”: una maqueta detallada, el terreno medido, los planos definidos y cada parte del sueño puesta sobre la mesa. “Si no nos hubieran dicho que sí, igual ya habíamos hecho toda la gestión y el trabajo”, cuenta entre risas. El rector reconoció ese esfuerzo al instante, valoró la seriedad del proyecto y aceptó la invitación a ir al lugar donde todo estaba planeado.

Para la construcción de este parque, Óscar asesoró con dedicación y sentido comunitario. “Yo siempre he dicho que la buena voluntad es lo que puede transformar una sociedad”, reflexiona. Para él, si la política comprendiera el poder transformador de ese gesto simple, la comunidad viviría en un entorno más justo y más pacífico. El skatepark, más que un escenario deportivo, comenzó, así como una muestra palpable de lo que pueden lograr las voluntades que se encuentran.
En la construcción del skatepark, su voz se abrió camino casi sin proponérselo. Aunque al principio intervenía con cautela, los arquitectos e ingenieros de la obra reconocieron su conocimiento y le dijeron: “Lo que usted diga es lo que vamos a hacer”. Esa frase marcó un punto de quiebre: pasó de ser un colaborador tímido a convertirse en el guía técnico del proyecto, el encargado de imaginar y ensamblar cada curva y cada rampa del escenario.

Pero no todo fue seguridad. Un día, cuando el cemento ya reposaba en su lugar y el silencio se apoderaba de la obra, las dudas y temores llegaron a su mente: “¿Será que sí está quedando bien?”. La jornada ya terminaba y por el camino se encontró con el rector Porras Díaz, quien, desconociendo sus pensamientos, le propuso ir a revisar juntos el avance de la obra. Caminaron por el espacio vacío, sin obreros, y el rector observó con detalle cada línea del diseño. “Esto sí está quedando bien”, le dijo sorprendido, admirando la estética de las formas que ya comenzaban a cobrar vida.
Entonces vino la prueba definitiva. Lo retó sin rodeos: “Si está quedando perfecto, tírese esa rampa”. Él respiró hondo, limpió tierra y herramientas de la superficie en obra negra, y se lanzó. Recorrió el circuito recién construido como quien lee en voz alta un poema que lleva años ensayando. Al llegar al final, el rector, emocionado, solo alcanzó a decir: “¡Bacanísimo! Menos mal que funcionó”. Ese momento no solo confirmó que el diseño era un éxito; también inspiró al rector a añadir un toque final: “Hay que echarle color a esto para que quede más bonito”. Y así, entre confianza, riesgo y emoción, el Skatepark terminó de encontrar su identidad.
Un espacio para la comunidad
En mayo de 2022, la UIS puso en funcionamiento el Skatepark, un Skate Plaza a disposición del público en general para la práctica deportiva y aprovechamiento del tiempo libre.
El Skatepark es un circuito deportivo que busca simular las calles de la ciudad, el cual permite a los pequeños, jóvenes y adultos la posibilidad de ejercitar el cuerpo y mente a través de una práctica deportiva competitiva.
Este espacio cuenta con planos inclinados, barandas, escaleras, jotas en circuitos, rampas en olas funbox, rampas dobles cara, rieles de piso con inclinación, cajones manuales y pirámides con la normativa que permite el desarrollo de deportes como el skateboarding, BMX (Bicycle Motocross) y el WCMX (Wheelchair Motocross).

Óscar recuerda con una mezcla de orgullo y asombro el papel que desempeñó en la creación del Skate Park. Para él, la mayor hazaña no fue solo el diseño del espacio, sino el significado que tuvo para la comunidad, que por años había tenido que buscar refugio en calles y parques improvisados. “No tenemos nada que envidiarle a otros skateparks”, dice, convencido de que la verdadera diferencia está en que la UIS decidió integrar este deporte dentro de su propio campus, como un gesto contundente de inclusión y que hoy marca una pauta en la ciudad.
El impacto del parque no tardó en sentirse. Durante meses, vecinos, amigos y familias enteras se reunieron en las rampas recién construidas, dándole vida a un espacio donde el deporte se mezclaba con la convivencia. Recuerda cómo los jóvenes encontraban allí un lugar para liberar tensiones, acompañados incluso por mensajes escritos sobre tablas recicladas que promovían el autocuidado y la esperanza. Con el tiempo, el parque se consolidó como punto de encuentro, y aunque han pasado tres años desde su inauguración, sigue siendo uno de los lugares más concurridos por los estudiantes.
La relación de Óscar con la Universidad tuvo un giro inesperado y positivo. Tras años de ser bachiller profesional decidió ingresar a la UIS y ser profesional.
“Soy tecnólogo deportivo. Estudié años atrás esta carrera porque me salió la oportunidad de trabajar con el Inderbu, el Instituto de la Juventud, el Deporte y la Recreación de Bucaramanga, pero debía tener un título”, asegura.
Hoy Óscar volvió a las aulas. Cursa quinto semestre de Filosofía, una carrera que descubrió y abrazó con la misma pasión con la que aprendió a montar patineta. Entre clases, entrenamientos y gestiones comunitarias, sigue defendiendo la importancia del skate como un espacio de encuentro y transformación. Para él, el parque que ayudó a levantar no es solo una obra física, sino un símbolo de lo que puede lograrse cuando la universidad, el deporte y la comunidad deciden caminar y rodar en la misma dirección.
La carrera de filosofía de la Universidad Industrial de Santander surge a finales de la década de los 90´s, como una propuesta programática de un grupo de profesores de la Facultad de Ciencias Humanas de la UIS que buscaban una mayor interrelación entre los conocimientos y subdisciplinas que, desde la facultad, permitiera reforzar el proyecto académico de la Universidad. Además, existía la pretensión de crear conciencia entre los ciudadanos santandereanos de la importancia de los estudios filosóficos para el desarrollo de una cultura más crítica y universal. Está orientada hacia la investigación en filosofía, convirtiéndose ésta en su primer propósito.
Un trabajo reconocido
‘Skate por la vida’ es hoy su fundación y escuela de enseñanza, que ha llevado lejos a Osquitar. En el 2016 su iniciativa fue reconocida con el premio Titanes Caracol, un galardón nacional que se define por la votación del público y en la que compitió con proyectos liderados por sacerdotes, rectores y líderes comunitarios de regiones golpeadas por la violencia, resultó ganador. Recibió el pesado trofeo en el escenario, pero sin dudarlo se lo entregó a su madre, convencido de que el mérito también era suyo. A su lado, María Angélica, su compañera y “mano derecha”, asumía el reconocimiento a todo ese trabajo invisible: cartas, permisos, trámites y gestiones que sostienen el corazón de una causa que ya se consolidaba como marca registrada.

Aquel premio no solo le abrió puertas en la ciudad, sino que llamó la atención fuera del país. Tiempo después, un grupo de documentalistas canadienses que trabajaba en la serie Escape to the World lo contactó. Viajaron a Bucaramanga y pasaron varios días grabando con él: subieron juntos a Morrorico, recorrieron el skatepark de San Martín y conocieron el movimiento social que había nacido alrededor del deporte. Este es un reconocimiento que, aunque no vino acompañado de un trofeo, guarda como si fuera otro premio: la confirmación de que su historia, y la de su comunidad, tiene eco más allá de las fronteras.
En agosto pasado traspasó fronteras, llegó tan lejos con su proyecto, que fue ganador el premio Laureados Kardo realizado en Stavropol (Rusia). En este camino, hoy les agradece a muchos que estuvieron en su camino, al rector Hernán Porras Díaz y al profesor Fabio Villafrades González, director del Departamento de Educación Física y Deportes UIS, quienes le han brindado una ayuda incondicional en todo el proceso deportivo y la participación de este evento.

“Hemos firmado un tratado para las organizaciones sociales de skateboard a nivel internacional en Rusia, donde organizaciones de Perú, Argentina, África, México, Rusia, Colombia, Chile, entre otras regiones, buscamos llegar a formar parte de la Confederación de Organizaciones Sociales en el mundo en pro de la cultura, el deporte y la paz a nivel mundial”, manifestó Piñeres Cuadros.
Los Laureados Kardo son parte del único premio mundial dedicado al desarrollo de la cultura y el deporte callejero. Con esto se busca que jóvenes de 125 países descubran sus talentos, apoyen sus aficiones y se comuniquen a través de esta disciplina deportiva.
Hoy, Óscar está en un lugar donde no imaginó, pero siempre soñó. Espera que el camino sea tan largo y pueda seguir recorriéndolo con su patineta, dejando huellas como hasta el momento lo ha logrado.

